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Otro modelo de partido es posible

enero 11, 2012

Antoni Gutiérrez-Rubí. Publicado en: Fundación Ideas (27.12.2011)

La pregunta es inaplazable: ¿pueden los actuales modelos de partido ser organizaciones eficientes en la sociedad de hoy? Entendamos por eficiencia la capacidad de interpretar los problemas de fondo, ofrecer soluciones para la mayoría, liderar las ideas de cambio, seleccionar a los mejores representantes y competir electoralmente.

El actual modelo de partido (leninista) es compartido, a grandes rasgos, por casi todas las fuerzas de nuestro arco parlamentario. Su fundamento es el “centralismo democrático”. Pero, si bien éste quizás puede ser útil para un partido organizado alrededor de sus cuadros y cargos electos, se manifiesta claramente insuficiente para una organización política que sostenga su fortaleza en la innovación y el cambio social.

El ADN de nuestros partidos es claramente refractario para nuestra actual sociedad y para el nuevo modelo económico basado en el conocimiento y la sostenibilidad. Los partidos se sienten cómodos en la cultura analógica, pero la sociedad es digital. Priman las estructuras verticales y centralizadas, en contraste con las nuevas redes horizontales y descentralizadas que se imponen en la ciencia, la economía, la empresa… Su orden es jerárquico y su nervio es la fidelidad, justo lo contrario de una sociedad que reconoce la autoritas y la independencia como valores que reconfiguran los atributos del poder.  Su comunicación se reduce a la repetición de consignas y a la instrumentalización y colonización de los nuevos espacios en las redes sociales, y los ciudadanos sienten una alergia profunda al seguidismo acrítico y aprecian la creatividad y la autonomía como nutrientes indispensables de la nueva política. En definitiva, el ADN de los partidos políticos no encaja –y no entiende- el nuevo ecosistema social que se reconstruye en la sociedad red.

Es difícil representar a una sociedad a la que no se comprende. Tampoco es posible servirla si no se la respeta. La política representativa se debilita porque esta crisis económica (que es además sistémica, de valores y de instrumentos) ha evidenciado las profundas limitaciones de la política democrática para dirigir, regular, interpretar y representar a la ciudadanía y responder a los problemas con el nivel de eficacia que requieren. Y esto, para las opciones progresistas, es letal.

El debate, por ejemplo, que el PSOE ha iniciado, con retraso y en tiempo de descuento, para repensar su función social en la sociedad compleja de hoy, puede abrir escenarios de cambio o cerrarlos en falso. Refundar o renovar. Hay relevos que no necesariamente modifican el curso del camino. Parece inaplazable ya el debate sobre el modelo de partido, porque es un reflejo transparente del tipo de política que se quiere, que se acepta y estimula. El modelo lo dice todo. Estos son, a mi juicio, los principales desafíos a los que se enfrenta:

1. Militantes o activistas. Hay que reconvertir a los militantes y simpatizantes en activistas. El paradigma del autobús, como sublimación de la capacidad organizativa, está agotado. Los militantes no son atrezzo ni extras, son personas. No sirven para llenar la grada joven, ni para medir el éxito del secretario de organización de turno. Un partido que piensa en las personas como número o bulto está condenado al fracaso, si su horizonte político es aumentar el grado de conciencia política de la ciudadanía. Para el pensamiento progresista, solo más política es el camino. Para el conservador, no. Se trata de iniciar un itinerario de compromiso a la medida de cada necesidad y voluntad, que emancipe a las personas, que las haga más autónomas y menos autómatas. Una organización que impulsa y promueve la acción, que favorece el tránsito entre pensar, decir, hacer.

2. Casas o causas. Hay que replantearse, muy seriamente, el modelo de socialización y movilización que permite la concepción de las actuales Casas del Pueblo. Menos casas y más causas, es lo que se siente en las redes sociales. En Internet no le preguntamos a la gente de dónde viene, sino dónde quiere ir. Esas casas deben reconvertirse en espacios para elcoworking político, abriéndose a todos los sectores que quieren cambios, que defienden sus derechos, que desean otro mundo y otra política y que sienten que es posible. Dotarlas de tecnología social, de recursos humanos y materiales para ser “ocupadas” por los nuevos nutrientes de la sociedad. Y aprender, al lado de estas iniciativas, dejándose contaminar e influenciar. Abrir las puertas, aunque cedan los muros. Se trata de explorar “lo posible adyacente”, en palabras de Steven Johnson, que es “una especie de futuro borroso, que asoma por el borde del estado actual de las cosas, un mapa de todos los caminos que puede tomar el presente para reinventarse”. Sin explorar no habrá cambios. Mejor el pálpito de lo nuevo que el púlpito del pasado.

3. Sedes o redes. Transformar una organización piramidal en una organización red, no es sencillo. El choque es duro. Pero es inevitable e inaplazable si se quiere reconectar con las formas, los estilos, los modelos y los valores de la sociedad red. Hay que reconvertir toda la organización para que lo digital sea lo natural, no lo accesorio o lo complementario. El proceso de cambio reconfigurará el poder, que se obtendrá, no por el lugar que se ocupa en el organigrama, sino por el mérito y reputación que se gana y se reconoce en la organización red. Organizarse por objetivos y causas, no por galones y cargos. Y con nuevos formatos para nuevos retos. La política del futuro (y del presente) es móvil. Se trata de utilizar la tecnología para organizarnos, comunicar y construir valor de manera nueva y creativa. Hablamos de Open Government aplicado a la política.

4. Consignas o ideas. No se puede liderar la sociedad sin ideas. Se necesita una organización que se parezca más a un laboratorio o a una productora cultural que a la clásica concepción de partido de masas complacientes y obedientes. Hay que reconectar -como nodos activos- todas los espacios de pensamiento progresista para organizar una auténtica revolución de las ideas. Sin debate, no hay política, solo gestión de la contingencia administrativa. Los partidos se han quedado sin personas, y sin ideas. Y no sabemos qué fue primero. Si la gente que estaba se quedó seca de tanto aplaudir y asentir, o si la esclerosis política empezó con el abandono, el cansancio y la decepción de muchas de estas personas. En cualquier caso, la capacidad para centrifugar talento y energías de muchos ciudadanos que se acercan y se ofrecen es una característica infecciosa de los partidos políticos. Hay más ideas fuera que dentro. Más energías disponibles que las que se utilizan. Se trata de ver qué modelo de organización favorece más la creatividad y el debate.

5. Ritos o experiencias. La liturgia política es demasiado previsible y burocratizada. Se deben repensar, con mucha más imaginación, riesgo y experimentación, todas las praxis políticas orgánicas. Son ceremonias protocolizadas, no vivencias ricas. La sensación de agotamiento formal y agarrotamiento de la vida de partido aleja y evidencia una ruptura en las formas de socialización y una estética patética en el día a día (y simplemente escenográfica en los períodos electorales). Se trata de vivir la acción política como una experiencia vital, que se siente, que te compromete, que te emociona… Hay que convertir la militancia en una fiesta, en el sentido profundo de la palabra. Experiencias que dan sentido, no que lo hurtan.

6. Delegados o votos. La ola democratizadora que remueve todas las aguas y sacude las compuertas orgánicas no ha hecho más que empezar. El centralismo democrático agoniza. Y la demanda de más participación, debate y decisión está en el epicentro de lo emergente. La política formal ofrece el momento decisivo cada 1.460 días, en una sola jornada electoral, sean comicios o congresos. Pero la gente quiere opinar y ser decisiva cada día. Ya no esperarán pacientemente. Quieren decidir activamente. Hemos pasado del examen de final de curso (elecciones) a la evaluación continua (democracia vigilante) y se debe abrir paso -con ayuda de la tecnología– a las encuestas, las consultas, los referéndums y las grandes elecciones abiertas a todos los militantes, simpatizantes y electores, en función del ámbito o tema a decidir.

Conclusión. Volvamos a la pregunta inicial: ¿pueden los actuales modelos de partido ser organizaciones eficientes en la sociedad de hoy? La respuesta, en estos momentos, es que seguramente no, si se quiere hacer otra política como parte de otra manera de ganar y recuperar la credibilidad y la confianza. Y con ellas, el poder. Optar por una nueva cultura política, en un mundo complejo como el nuestro, es mucho más difícil que escoger a un nuevo líder, aunque los liderazgos pueden catalizar los cambios.

Los partidos han perdido el privilegio de la acción política, en un contexto en el que están naciendo ‘los movimientos ciudadanos de presión’, una categoría social nueva, igual que se crearon en su momento los partidos políticos o los sindicatos. El nuevo formato organizativo debe ser capaz de abrirse a injertos sociales, a alianzas críticas, a nuevas hibridaciones ideológicas y de cultura política para actualizar un pensamiento que no se renueva sin simbiosis.

El desafío para recuperar la credibilidad está más en las actitudes que en las aptitudes. Es el mismo desafío que supone abandonar la arrogancia y abrazar la humildad. El primer paso, imprescindible, para refundarse y empezar de nuevo.

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